Numerosas discusiones se plantean entre los ilustradores, referidas a si la ilustración debe o no estar sometida a un texto, si es arte o arte aplicado.

Las ilustraciones nos dan una serie de información, esté o no expresada en el texto, de tal modo que orientan al lector dentro del ámbito en que se desarrolla la narración. Supongamos que el texto alude a un festín durante la Edad Media (numerosos entre los cuentos infantiles). ¿De qué modo podría el lector que no sea erudito hacerse una imagen de los usos y costumbres de la época, si no es por medio de la ilustración? Es en este aspecto donde la ilustración hace honor a su definición de dar luz, aclarar o iluminar,  para lo cual es requisito indispensable un amplio conocimiento de parte del ilustrador. La ilustración no está sometida al texto; es, simplemente, un relato paralelo en común acuerdo con la narración escrita. Esto, en cuanto a esa incómoda y errónea palabra “sometimiento“.

Pasemos ahora a la también errónea diferencia que separa el arte del arte aplicado. Aunque no hay definición de arte aplicado, éste se entiende como una creación con fines de uso. En este caso, la ilustración es un arte aplicado pero, ¿Es por eso menos Arte? ¿No son objetos espléndidos, maravillosos, obras de arte cabales, los muebles, vitrales y rejas diseñados por Gaudí, o las orfebrerías de Benvenutto Cellini?  Podemos entonces colegir que la condición de obra de Arte la imprime no el oficio sino que aquel que lo practica. Del ilustrador depende la categoría de su obra. Para entenderlo, basta ver las miniaturas en los códices de la Divina Comedia, de los diversos Libros de Horas o bien los grabados de Doré.

Por: Tamara Guion (USA)

Por: Tamara Guion (USA)